Darkside

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domingo, 30 de agosto de 2015

EL CIUDADANO ESCÉPTICO



“Las lágrimas de San Lorenzo brillarán más este mes de Agosto” Decía el titular de SUR.

-¡Bah! ¡Tonterías! ¿Cómo puede haber gente que se quede toda la noche en vela para ver un fenómeno astronómico tan simple?  Perseidas, lágrimas, deseos …¡Supersticiones mitológicas que pasan de civilización a civilización!
El calor lo tenía agotado y se acostó pronto.
Sin embargo, el Poniente,  que por la tarde había traído un Terral infernal, se tornó fresco y entró por la ventana despertándole.
Desvelado, se  quedó mirando al cielo.
-Seguro que los cursis que están observando las estrellas  no saben que  la más brillante no es un astro, sino los paneles solares de la estación espacial.
Cuando llevaba un buen  rato, una estrella fugaz cruzó entre la Osa mayor y el satélite artificial.
Pidió un deseo. Se sorprendió de sí mismo. Y esperó el amanecer.

EL CIUDADANO OPORTUNO (MICRORRELATO2)



Don Jacinto saboreaba el  Tío Pepe en Rama acompañado del Joselito cortado por el campeón de España en el interior acristalado del hotel con aire acondicionado desde donde se divisaba la calle. Sonaba un piano flamenco.
Esperaba a uno de sus empleados al que había enviado a comprar una barrera para la corrida de Morante.
Un Montecristo yacía en su cápsula metálica en el velador.
Fuera, grupos de gente sudorosa bebía algo parecido a vino dulce mientras cantaban y bailaban. Se intentaban quitar el calor con abanicos de plástico patrocinados por una marca de cerveza  exquisita.  De repente apareció alguien con un papelón de jamón de pata blanca cortado a máquina y piquitos, que  compartieron.
No podía oír las risas, por el Climalit, pero si ver las caras.
“Parecen felices”, pensó .
Descolgó el móvil: “Compra acciones de esa cerveza y de ese vino”.

EL CIUDADANO PERDIDO (Microrrelato)



El agua cristalina y apacible apenas  mecía las posidonias entre las que se dejaban ver y casi tocar los sargos.
Dejó por un momento la sombra del cañizo para acercarse a la vieja barca llena de arena y leña quemada donde se asan los espetos.
Tomó un trozo de cisco y  sacó de entre las hojas de un libro la media cuartilla que le servía de marcapáginas.
Apuró la cerveza .
Escribió con el carboncillo en el cuarto de folio: “Ni se os ocurra venir a rescatarme”.
Lo dobló cuidadosamente y lo metió en la botella vacía.
La arrojó al mar y se tumbó directamente sobre la blanca arena.
De vez en cuando una olita se encargaba de  refrescarle los pies.