Darkside

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jueves, 31 de enero de 2013

CARNE DE CABALLO

 
 
Tengo 53 años. Mis recuerdos borrosos tienen  unos 47 y mis recuerdos nítidos unos  cuantos menos.
Mi memoria selectiva debe tener archivados muchos, bajo candado.
Pero de vez en cuando se le escapa alguno.
Entre mis recuerdos borrosos están unas bancas de madera de un colegio húmedo en las que habitaban ‘’chinches’’, que producían ‘’ronchas’’,habones como monedas de a ‘’dos reales’’.
Los palmetazos de la señorita Juanita, la coja, a la que temíamos como una vara verde.
Después de la guerra te daban el título de maestra con tener el bachiller. Y por supuesto adhesión inquebrantable al  Glorioso Alzamiento.
Los sabañones de los dedos. En un piso  había para el alquiler pero no  para  calefacción y tampoco se podían hacer braseros de cisco, como en el corralón.
El ‘’colorín’’ ,  que luego supe sarampión.
Recuerdo ir a la droguería de ‘’Dora’’ a comprar colonia a granel. Tu llevabas el frasquito y ella te dispensaba los milímetros cúbicos pertinentes con una especie de bote milimetrado. Y el champú Sindo, que vino a sustituir al jabón Lagarto. Lo vendían en unos diminutos  rombos de plástico al que había que despuntar uno de los extremos para que saliera el preciado gel. De brea o de huevo. Nada más. El de Brea era exactamente igual a los ‘’hilillos de plastilina’’ del Prestige. Yo rezaba porque mi madre comprara el de huevo.
No había Vaporetas. Había Zotal.
Los piojos se quitaban con un ‘’peine espeso’’.
Se comía pollo una vez en semana. Al ajillo.  Hasta que vinieron los ‘’Pollos al ast’’. En la Alameda esquina al puente había un establecimiento . Aquellos pollos dorándose girando sin fin y oliendo a gloria bendita, que te abrían más el apetito que la quina San Clemente.
A los niños en la Campana nos daban Moscatel con gaseosa.
El ‘’bístéc’’ con patatas y huevo era mi plato favorito. De magro de cerdo , por supuesto. La ternera de vez en cuando.
La pasta se llamaba cazuela de fideos. La paella cazuela de arroz . Y las hamburguesas se llamaban albóndigas con tomate. No existían los macarrones. Yo recuerdo la primera vez que los comí. Con tomate y chorizo. También recuerdo el primer perrito, que vino a sustituir las salchichas al vino
Mi madre no se fiaba de la carne picada, ‘’que le echan de tó’’, así que compraba el magro y se lo hacía picar por el carnicero a la vista de todo el mundo. Con testigos.
En la memoria de mi madre había recuerdos peores, mucho peores que lo míos.
Era una niña de la postguerra . No  hablaba mucho. Pero a veces lo hacía.
Me contaba como los taxistas cazaban palomas para el puchero. Las atraían al capó abierto del coche con migajas de pan y cuando estaban dentro lo cerraban bruscamente.
Mi padre, que era muy castizo y taurino, me contaba como los picadores picaban sin peto, y de vez en cuando corneaban a un caballo ‘’le cosían las tripas y salía otra vez al ruedo’’.
Luego vendían la carne del caballo muerto en la misma plaza.
Para muchas familias era un manjar, la única carne que podían permitirse . Pero todo el mundo prefería la ternera. O incluso el toro.
Así que si ahora se ha liado la de Dios es Cristo por que haya algo de carne de caballo en las hamburguesas, ya sabemos lo que hay que hacer. ‘’Carnicero, píqueme la carne que yo la vea’’.
Lo malo es que la carne para muchas familias es ya un artículo de lujo.
Lo malo es que mantener un caballo para que la niña lo monte los fines de semana es ya un lujo.
Así que a lo mejor, como está la cosa, terminamos comiendo caballo y palomas .
Y no es para tanto joder, que también comemos avestruz, y lo hacemos por gusto.
Pero que se sepa y sea voluntario. No nos vaya a pasar como en Sevilla, que vendían canguro como si fuese rabo de toro.
Cosas de un país donde los ministros comen yogures caducados.
 

sábado, 26 de enero de 2013

EL TURISMO ES UN GRAN INVENTO


Aquí hubo altos hornos pero se los llevaron, decían los viejos. Y textil. Y vino. Había agricultura. Y pesca.

No era para tirar cohetes, pero era como en todos lados.

Pero alguien descubrió que lo mejor era vender el sol. Que los altos hornos y todo eso, mejor para los helados nortes.

Y llegaron los 60 y aquí un inglés se comía una paella por un duro, un alemán se bebía toda la Victoria del mundo por tres pesetas y una sueca se acostaba con un Paco de balde. Y los madrileños y los catalanes, que, pobrecillos, vivían tan mal en invierno que tenían que venir aquí en verano. Nosotros éramos sus baratos anfitriones.

Los pescadores se hicieron camareros de chiringuito y los agricultores albañiles de hoteles y bungalows.

Estuvo bien, se ganaba pasta y además los cronistas nos ponían como ejemplo de modernidad en la España gris de mediados del Régimen.

Al olor de la pasta vinieron muchos . ''Un poné'' vinieron los de Sofico.

Y ya se sabe que el olor del dinero es muy atractivo. Entonces nuestros maravillosos políticos que eran marionetas de los inversores de la época, pensaron que había que traer ''turismo de calidad''. Gente con billetes.

Y vinieron los moros. Los árabes, quería decir.

Su riqueza procedía del azaroso petróleo, que les salió por allí ( ya podía haber salido por la Antequera , coño, como el sol.).

Nosotros tan a gustito, comentando las propinas que daban y aquello de que un día uno tuvo un accidente con un Seiscientos de un nativo y le dio un cheque por valor de lo que valía un Mercedes.



Pero eran pocos, hacía falta más. Lo puertos banuses y todo eso nos deslumbraba.

Una máscara parecía impedirnos siquiera plantearnos el origen de esas fortunas que lucían barcos en la dársena y lujo en las fiestas nocturnas. Al fin y al cabo eramos sus sirvientes y de vez en cuando dejaban caer alguna migaja. ''Callaítos'' estábamos más guapos.

La inercia nos llevó a los giles, romanes, y rocas. Incluso los votábamos. Se rieron de la democracia que había costado la cárcel cuando no la muerte a tantos.

Pero pusieron Marbella preciosa. Con maceteros y todo por las calles.

La paella ya no vale un duro y la Victoria es de una multinacional. Los boquerones vienen de Italia.



Y ahora les toca a las mafias rusas. Pero ''quearse callaos'' . ''Pero es que hay tiroteos y asesinato y tal''.

Sssssssssssssssss, Calladitos.

El turismo ni tocarlo, que hay que mimarlo, que es lo que tira de la economía.

¡Pues claro hijos de puta! ¿ Os habéis preocupado de que haya ''otra'' economía?.



La textil en Cataluña, o en Galicia , o deslocalizada en Marruecos, en la India o en China. La industria en el País Vasco o en Madrid. La agricultura en Navarra. Los vinos en la Rioja, donde por cierto es muy superior a la nuestra, la calidad de vida mensurable. . La de los sociólogos, no la de los poetas.

Aquí le dimos el último arreón al turismo con la burbuja. Exprimido.

Y ahora hay que replanteárselo.

El turismo naturalmente que sí.

Pero algo más: Lo del parque tecnológico está muy bien. Pero hay que apoyar a los ganaderos que están remontando el caprino, los quesos se cabra de los montes y de la serranía, el chivo lechal, el aceite, la almendra , los viñedos.

Dicen que se está volviendo al campo y eso está muy bien. Volver a los orígenes, poner en valor las raíces.

Diversificar la economía dirían los expertos, de modo sostenible.





Apoyar con créditos a los emprendedores . Que el dinero vaya a ellos y no a los especuladores.

Que la burocracia no ahogue las iniciativas. Que las leyes protejan a los más débiles frente al monopolio.

Los brotes verdes tiene que venir, y vendrán, por ésta vía.

Ojalá en un futuro dejemos de ser camareros y nos convirtamos en turistas. Pero sobre una economía asentada y no sobre una burbuja.

Ojalá no tengamos que quedarnos ''calladitos'' más.

Y podamos hablar todos sin miedo a perder el poco puchero que nos queda del apartamento de Bárcenas en Guadalmina.




jueves, 10 de enero de 2013

YOGURES


 

Cuando yo era chico, muy chico, la leche la vendía el lechero. Un señor que repartía por las casas la leche de vaca o de cabra recién ordeñada. Venía con unas ''lecheras'' y te la echaba en un cacharro que en mi casa era una olla de esas rojas con el filo negro esmaltado.

Yo no conocía las palabras pasteurización y mucho menos esterilización o ''UHT''. Pero ni yo ni los adultos, no creáis. La leche se hervía y punto.

Si el lechero llegaba  a tu casa y no estabas, se llevaba tu leche y la hervía en su casa . Luego iba el niño a recogerla.

Hervir la leche era delicado. Había que estar atento para que no ''subiera'', porque si eso ocurría, los quemadores de la cocina de gas se ponían perdidos y mamá tenía faena para rato. Oye, que lo de la vitrocerámica es de antes de ayer .

Incluso había cacerolas especiales  con un aditamento que se supone lo  impedía .

Luego he sabido que la leche ''subía'', porque era extraordinaria, muy rica en nata, muy sabrosa, no como lo que hoy día bebemos con el nombre de leche.

Luego vino Colema.
 En la puerta de Colema, en la ''carreteracadi'', había un cartel que ponía que se había construido con la colaboración de Unicef.  Sí, sí, . La leche ya llegaba  en bolsas ''pasteurizadas'' , pero también a algunos colegios en aquellas botellitas rechonchas , como parte de una campaña contra la malnutrición infantil.

Eran los tiempos en los que se merendaba un cacho de pan con una pastilla de chocolate o un mendrugo con un hoyito de aceite con azúcar.

Pues sí, señor Cañete, Unicef nos ayudó a que la leche que llegaba a las casas de los malagueños no matara a la gente de fiebres maltas o de enterocolitis.

Se llama progreso.

El yogur vino después. Mejor dicho el ''Danone''. Sólo había una marca. Y muy pocos sabores.
De vainilla, de fresa, de chocolate y de caramelo. El de caramelo era mi favorito.

 
Muchas veces la leche se ''cortaba''. El clima de Málaga favorecía la fermentación en la época de las  fresqueras en los corralones o de las neveras en los pisos de las barriadas. El frigorífico también llegó después , a plazos, como tantas cosas.

Y el Estado se preocupó de hacer leyes que favorecieran la salud de los ciudadanos. Cada vez más estrictas, sobre todo después de algo llamado ``la colza'', si usted recuerda señor ministro.

Y yo no se los yogures que se habrá comido usted en África,  pero lo que si se es que no quiero que los niños de aquí coman como los niños de esa África que usted dice, sino que los niños de África coman con la seguridad de los niños de aquí. Sin cóleras, ni disenterías.

Las normativas previenen enfermedades. Como las vacunas.

 
Puede que gente poco formada en materia de salud pueda decir eso de ''mira los gitanos que viven en las chabolas y no se ponen malos'' ( lo cual es un maldito tópico, porque si que se ponen malos , muy malos y para eso están las estadísticas) , pero un ministro no puede permitirse nada similar . No mientras haya algunos que recordemos las hambrunas de la posguerra que nos recuerdan nuestros abuelos, ni en nuestros recuerdos de niño existan compañeros de clase poliomielíticos con aquellos ''hierros'' ortopédicos que parecían sacados  de la inquisición.

Puede que haya resultado tremendista lo que he escrito para algunos.

Puede que ciertamente estemos derrochando comida y que las fechas de caducidad puedan alargarse  gracias a la moderna tecnología de las cadenas de frío. Puede que sí. Pero eso se dice con cifras, estudios, estadísticas, opiniones de expertos en salud alimentaria.
Entonces , a lo mejor tiene usted credibilidad. Los políticos, señor ministro, estáis pasando por una etapa de desapego a los ciudadanos que no permite bromas ni frivolidades. No os las toleramos.
 
Un saludo mientras me tomo un bífidus de esos que dan diarrea sin estar caducados.